jueves, 7 de julio de 2011

Toni Casals: "En Don Balón tener libro de estilo no nos hará mejores, pero sí más correctos y coherentes"

La revista Don Balón es, con casi cuarenta años de presencia en los quioscos, una de las publicaciones deportivas de referencia no solo en España sino en el ámbito internacional. Periodismodeportivodecalidad se ha puesto en contacto con su director, Toni Casals, para conversar sobre los métodos de trabajo utilizados por este semanario barcelonés y sobre los aspectos que, tanto desde un punto de vista ético como del lingüístico, son mejorables en el periodismo deportivo actual.



- ¿Cuál ha sido la clave periodística del éxito que ha permitido a Don Balón afianzarse como una de las publicaciones deportivas de mayor prestigio en el continente europeo?

- Principalmente, la seriedad y el rigor que intentamos imprimir en nuestra publicación, sin dejar, en ocasiones, de ofrecer un producto más desenfadado en algunas secciones (no olvidemos que estamos hablando de fútbol, aunque, según Shankly, el fútbol no es una cosa de vida o muerte, es algo mucho más serio). La cuestión es clara: sin una base de credibilidad una publicación no puede aguantar 36 años en el mercado.

- Al igual que ocurre en otros países como Francia o Italia, en los que hay experiencias similares a la española con diarios especializados y semanarios como France Football o Guerin Sportivo, el fútbol sigue siendo el dominador absoluto de la información deportiva. ¿No considera que los medios deportivos no futbolísticos podrían hacer un mayor esfuerzo por dar cobertura a otras disciplinas donde se consiguen logros importantes y a veces pasan inadvertidos para el gran público?

- El fútbol es el deporte rey en España y por los interés que mueve es algo muy complicado de cambiar. Pese a ello se está dando también repercusión a otros deportes como es el tema del motor y del básket. Para el resto de disciplinas, el hándicap que tienen es la poca presencia en la televisión. Pienso que este tipo de publicaciones no futbolísticas no tienen, por muchos esfuerzos que hagan, la capacidad para crear afición si no cuentan con la aparición y potenciación de las teles. Otro factor importante es que se produzca la eclosión de un deportista español en estas disciplinas. Vease, por ejemplo, Fernando Alonso y Pau Gasol.

- El periodismo deportivo está considerado por muchos como un campo de conflicto idiomático (errores gramaticales, impropiedades léxicas, abuso de voces extranjeras, incitación a la violencia con términos belicistas) y ético (sensacionalismo y espectacularización de la información, discurso sexista, confusión entre información y opinión, y entre noticias y rumores o anécdotas). ¿Está de acuerdo?

- Estoy completamente de acuerdo, aunque también es cierto que se ha mejorado mucho en los últimos tiempos tanto a nivel redaccional y de seriedad y que en el mismo hay grandísmos profesionales. Sin embargo y sin dar nombres, diarios de máxima audiencia caen con demasiada frecuencia en todos lo errores que usted mencionaba antes.

- ¿En qué aspectos considera que el periodismo deportivo debe mejorar para granjearse un mayor reconocimiento social y profesional?

- Pîenso que hay muchos intereses en favorecer a ciertos equipos a cambio de entrevistas y otras prebendas para hacer un periodismo que se acerque a la objetividad. Se peca en exceso de ser la voz de su amo.

- Don Balón se convirtió en 2004 en la segunda publicación deportiva española tras Mundo Deportivo en contar con un libro de estilo específico, una obra que precisamente incluye pautas para un uso correcto del lenguaje e instrucciones sobre ética y responsabilidad profesional. ¿En qué medida este manual de estilo ha supuesto una mejora en la calidad del producto que Don Balón a ofrece a los lectores?

- Incluso disponiendo de un libro de estilo se producen errores y se caen en contradicciones. Tener un manual no es la panacea, pero sí, y es lo más importante, que tienes una norma a seguir, ya no es el camino anárquico en el que cada redactor bajo su criterio pueda escribir un término conflictivo y otro pueda hacerlo de otra manera en la misma publicación. Evidentemente, no nos hará mejores, pero sí más correctos y coherentes.

lunes, 4 de julio de 2011

Javier Darío Restrepo: "Es contradictorio hablar de periodismo de investigación y apelar al engaño para encontrar una verdad"

Periodismodeportivodecalidad ha acudido al Consultorio Ético online de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano para plantear al experto que lo dirige, el profesor colombiano Javier Darío Restrepo (foto: fnpi.org), la necesidad de acotar los límites del verdadero periodismo de investigación mientras profesionales de la comunicación televisiva siguen empleando técnicas que gozan de la aceptación social como la cámara oculta o la suplantación de la personalidad para obtener una información. ¿El fin justifica los medios? ¿Todo vale realmente si con ello se logra safisfacer a la ciudadanía?

He aquí la pregunta enviada al referido consultorio y la respuesta argumentada de Javier Darío Restrepo:


- ¿Es lícito usar una cámara escondida para conseguir información?

- Hay una contradicción en los términos cuando se habla de periodismo de investigación, o sea búsqueda de la verdad, y apelación al engaño para encontrar una verdad. Más que una técnica, la búsqueda de la verdad a través, de la investigación, es una actitud. El periodista investigativo busca la verdad porque no soporta que a los receptores de su información los engañen o les oculten la verdad. Es, pues, a la vez una expresión de su solidaridad y una exigencia de su propia dignidad personal. El periodista entiende que sin verdad las personas y la sociedad están incompletas y vulnerables; por tanto, su vida está marcada por la misión de despejar el acceso a la verdad. Esa actitud no deja espacio ni justificación para ninguna clase de mentira, como el engaño sobre la propia identidad, o las falsedades para obtener un dato, un documento o una imagen que pueden revelar una verdad, pero no la autoridad moral para hacerla creíble. Así como hay una contradicción en el hecho de acceder a la verdad con engaños, también la hay en el esfuerzo por hacer real el derecho de los demás a la verdad, pero a costa del derecho que las personas tienen a su intimidad. Ningún derecho se obtiene con el sacrificio de otros derechos. Mirados en su conjunto, todos los derechos son necesarios para sustentar y construir la dignidad de las personas. Mal se puede defender y conservar unos derechos en desmedro de otros. Por tanto es ilusorio creer que la verdad se obtiene con detrimento de la verdad y que los derechos se construyen con la violación de otros derechos.

Documentación.

Es común escuchar a los periodistas que utilizan cámara escondida argumentar que acerca de la necesidad que significa esta herramienta para la investigación periodística. Y la justificación pasa por el hecho de que la naturaleza de la televisión es justamente audiovisual. Se trata casi de un argumento silogístico. Si la investigación periodística necesita de documentos para comprobar los hechos y la televisión es un medio de naturaleza audiovisual, ergo la investigación periodística televisiva necesita ser comprobada con argumentos audiovisuales Muchos ven en esa conclusión “lógica” una argumentación forzada y más que un silogismo, una falacia. Hay un efecto de la cámara escondida, autónomo e independiente totalmente de la intención del periodista: es la condena social. Pero para que haya condena debe haber un juez. Claro que como no se trata de una condena legal sino social, la función del juez debe pasar por lo mediático. Pero para llegar a esto es preciso trazar el panorama del desequilibrio institucional-social de la justicia, hasta el punto mismo del periodista erigido en juez. Así la investigación con cámara oculta que aparece con una gran aceptación por parte de la audiencia sirve para vestir al periodista con la toga de juez. Comienza a generarse la respuesta a una sociedad que necesita condenar y “para condenar hay que tener pruebas”, pues bien, la visualización del delito, el hecho de ser el espectador testigo ocular, convierte a los noticieros que ponen cada vez más énfasis en este recurso, en virtuales tribunales audiovisuales. Gerardo Prat en Límites éticos y legales de la investigación con cámara oculta. Sala de Prensa


viernes, 1 de julio de 2011

'Medios, sociedad y democracia: seis reflexiones', de Miguel Ángel Sánchez de Armas

El profesor-investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) de México, Miguel Ángel Sánchez de Armas, acaba de publicar en su columna de opinión 'Juegos de Ojos' una interesante y oportuna reflexión sobre el papel que desempeñan -y deberían desempeñar- los medios de comunicación en la conformación de la vida política y social de ciudades, regiones y países. Por su interés, reproducimos aquí sus seis apuntes.


1

Pensemos en el papel cada vez más ritualizado de la comunicación. Esto es, cómo en las sociedades modernas o las más desarrolladas, se le está dejando cada vez más a los medios la responsabilidad de decidir sobre aquello que afecta la vida social y la vida política.

El hombre medio parece haber decidido que la importancia y la credibilidad de los medios puede llegar a reemplazar su opinión y actuación, reemplazo que se antoja como letargo, como alejamiento de los hombres de la actividad que a lo largo de su historia les ha caracterizado: la política.

No parece extraño entonces que algunos consideren el quehacer político como patrimonio casi exclusivo de los medios. Una realidad que podemos constatar cada vez con mayor frecuencia es la extendida percepción de la existencia de los hechos merced a su inclusión en los medios. Y como consecuencia la sensación de que lo que no nos es servido por los medios no existe, o corresponde a una dimensión ajena.

Los siglos XIX y XX son ricos en ejemplos. Sin excepción, todos los movimientos populistas de este periodo utilizaron los símbolos y los ritos como instrumentos de comunicación. Pero fueron los nacionalsocialistas alemanes quienes mejor entendieron y comprendieron la capacidad de los medios como vehículo para insertar en el imaginario social la realidad que su propuesta política pretendía construir.

2
Walter Lippmann entendió bien los alcances movilizadores de la prensa y su función al interior de la sociedad, pero llegó a una aguda conclusión: la prensa no puede suplir a las instituciones políticas. Lippmann escribía en 1922 y sus ideas no han perdido vigencia: mejorar los sistemas de recolección y presentación de las noticias no es suficiente para perfeccionar la democracia, pues verdad y noticia no son sinónimos. La función de la noticia es resaltar un hecho o un evento. La de la verdad, sacar a luz datos ocultos. La prensa –hoy los medios-, en una de las afortunadas metáforas de Lippmann, es como un faro cuyo haz de luz recorre incesantemente una sociedad e ilumina momentáneamente, aquí y allá, diversos episodios. Y si bien éste es un trabajo socialmente necesario y meritorio, es insuficiente, pues los ciudadanos no pueden involucrarse en el gobierno de sus sociedades conociendo sólo hechos aislados.

3
¿Hasta qué punto los medios reconocen pero se benefician de este rol? ¿Tiene realmente la llamada sociedad civil alguna posibilidad de inhibir la pretensión de los medios de ser los paladines de la democracia cuando manifiestamente están lejos de serlo? ¿Podemos encontrar mecanismos de “autodefensa social” en este contexto? Esta visión pudiese parecer exagerada, pero no lo es si aquilatamos la extensión y profundidad que los medios alcanzan en el tejido social. Quizá un camino inicial pase por desconfiar de afirmaciones complacientes y tranquilizadoras, de la especie: “prensa y democracia se encauzan y determinan recíprocamente”. No hacemos bien a uno ni a otro concepto. No entronicemos a los medios como defensores de la democracia, démosles la responsabilidad que les corresponde: informar a la sociedad. Sólo en la medida en que se logre la confesión de una responsabilidad, esto es, que los medios asuman que ésa es la tarea que les toca y que corresponde al resto de la sociedad evaluarla y actuar en consecuencia, incluso políticamente si se requiere, estaremos encontrando el punto de convergencia entre medios y democracia. Perfeccionar la democracia requiere mejores instituciones, no necesariamente más medios.

4
Los medios que conocemos repiten de alguna manera lo que en la antigua Grecia se conoció como el foro público, llamado por algunos estudiosos contemporáneos la esfera pública. De la misma forma que en aquél, los ciudadanos en principio debían poder reunirse en éste para discutir sobre los temas comunes. Es decir, los medios como foro de la democracia. Si bien durante los siglos XVIII y XIX la prensa tuvo un rol importante en este sentido, esta función política ha sido colocada en un segundo plano y ha sido reemplazada por una función mayoritariamente comercial.

Se debe estar prevenido contra la confusión semántica en esta comparación de los medios con el foro público y el papel que debiera asumir en la esfera pública, pues no basta que un gobierno ofrezca a su sociedad, por ejemplo, un “servicio de difusión pública” para que se garantice el concepto de esfera pública. Por el contrario, la corta historia de la transmisión pública nos ofrece numerosos ejemplos de cómo en el escenario político la mayoría de las empresas de transmisión pública en realidad contribuyeron al control de la esfera pública más que a su expansión dinámica.

Reconozcamos que el papel mediatizador de los medios está quizá enunciado teóricamente pero no está suficientemente explorado en la práctica ni puesto en tela de juicio. El riesgo social que ello conlleva es la despolitización, el imperio de la falsa comunicación, es decir, la ausencia absoluta de la interacción, la prevalencia de la no-comunicación. La cultura de la pantalla ha reemplazado al pensamiento, y la auto referencia mediática a la prueba de la realidad. Al distraernos, abandonamos el mundo.

5
El régimen de propiedad de los medios, generalmente privado, no cancela el riesgo de corrupción debido al ejercicio prolongado de una actividad que, a diferencia de muchas otras actividades comerciales, se nutre justamente del contacto con el poder. Se podría plantear la alternancia en el poder en el manejo de los medios -no en el cambio de propietarios- lo cual cabría perfectamente en un código de ética, tema tan de moda en estos días.

Debemos preguntarnos si en el fondo no hemos tenido que aprender a vivir con un nuevo fundamentalismo, que podría expresarse así: los medios -como continuidad- se consideran depositarios de la verdad y de las necesidades sociales, sobre todo si de derechos democráticos y de justicia se trata. Pero no sólo por la actividad que les es propia, que es la de investigar, recoger y difundir los hechos cotidianos, sino porque el discurso de reclamo democrático consideran haberlo ganado gracias a su experiencia de relación con los grupos de poder.

Siguiendo esta línea de pensamiento, la información no es un bien que se ofrece a la sociedad para que ésta configure los mecanismos de relación que considere pertinentes con el poder, poder que -además- la propia sociedad ha otorgado, sino que se convierte en patrimonio para una relación de poder a poder. Tenemos que la sociedad ya no es capaz de enterarse por sí misma de lo que sucede en su entorno, de lo que sucede fuera de sus fronteras y, sobre todo, no tiene acceso a muchos sucesos de la vida política. Ese espacio en el que la sociedad no es capaz de incidir, incluso por cuestiones prácticas y por la complejidad de la vida moderna, es ocupado por los medios, que adquieren por esa vía el papel de líderes. La realidad es que la actividad propia de los medios les hace acumular poder, tanto frente a otros poderes establecidos como frente a la sociedad a la que dicen servir.

6
En materia de comunicación, con lo que tropezamos continuamente es con una gran cantidad de medios cuya oferta es el entretenimiento. Podemos además constatar fácilmente que los empresarios de la comunicación apuestan a ganar por esta vía dado que tal mercancía se vende mejor y más fácilmente. Ergo, las masas lo que están consumiendo son programas de entretenimiento en radio y televisión: música, películas, programas de concurso, series policiacas, dibujos animados o telenovelas. Lo mismo sucede con los impresos.

¿Y la información? Los noticieros -de radio, de TV- y la prensa escrita, tienen naturalmente un público, el que sin duda representa el núcleo más activo, o potencialmente más activo, cuando de discutir asuntos públicos se trata, pero no es comparable con el porcentaje de población cuyos patrones de consumo se orientan al entretenimiento.

Resulta notable que para cierta clase de información que pudiera ser juzgada poco relevante como la deportiva, se exigen hechos “duros”: cifras, realidades, nombres concretos, situaciones, fechas, resultados... mientras que para otra que se antoja de mayor relevancia y que tiene que ver con el análisis de la sociedad, como la información política, se aceptan declaraciones, presunciones, rumores, deducciones y exageraciones.

Quizá fuera conveniente recuperar la suspicacia política con que fueron escudriñados los hechos sociales en las décadas de los setenta y ochenta -acusadamente las manifestaciones culturales-, con la ventaja de la mirada retrospectiva que nos permite distanciarnos de los determinismos, para fabricar nuevas herramientas de análisis y conocimiento de los medios contemporáneos.